Informe de Innovación y Tendencias 2026: La IA, bien utilizada, abre oportunidades; mal utilizada, multiplica errores.
La presentación del Informe de Innovación y Tendencias 2026 radiografía un mercado en plena ebullición, marcado por la integración de la IA, la gobernanza, el liderazgo jurídico y la concentración de firmas legales. Este trabajo, que cumple su séptima edición consecutiva, se consolida como radar estratégico imprescindible para entender los movimientos que están reconfigurando el ejercicio de las profesiones jurídicas en España. Nuestro compañero Marcos Iglesias estuvo allí y con esta crónica aporta su valiosa perspectiva zoomer.
El salón se llenó con un murmullo reconocible: el del sector jurídico mirándose en el espejo de la tecnología. El 7º Informe de Innovación y Tendencias 2026 en el sector legal se presentó y la mesa redonda organizada para la ocasión (complicado reunir a tanto talento), moderada por Cristina Retana (Directora de Contenidos e Innovación en Aranzadi La Ley) y con la participación de Idoia Baranguan (Dirección jurídica y de cumplimiento del grupo Eroski), José Rodríguez Coching (Head of Innovation and technology KPMG abogados), Alejandro Touriño (CEO de ECIJA) y José Luis Pérez Benítez (Socio de Black Swan) fue menos presentación y más conversación sobre identidad profesional.
A un lado, la tradición del oficio; al otro, una herramienta, la inteligencia artificial, que obliga a redefinir qué significa realmente “saber Derecho”. La sensación dominante no era de ruptura, sino de reajuste: el derecho no desaparece, cambia el modo en que se practica.
Desde el inicio se repitió una idea transversal: el abogado ya no puede limitarse al conocimiento técnico aislado. Comprender el negocio del cliente se vuelve condición de supervivencia. El valor no reside en repetir doctrina, sino en interpretar el contexto. La IA, en ese marco, funciona como acelerador, elimina tareas mecánicas y deja al descubierto la parte verdaderamente jurídica del trabajo: criterio, estrategia y responsabilidad. Resistirse al cambio no es una opción porque el mercado se está polarizando: las firmas que integran tecnología crecen, y las que no, se vuelven irrelevantes.
Ahí adquirieron especial peso las intervenciones de Idoia Baranguan, que planteó la cuestión sin dramatismos ni euforia. La IA no sustituye el conocimiento jurídico: lo tensiona. Obliga a hacer mejores preguntas. El profesional deja de competir por memoria normativa y pasa a competir por comprensión. Saber preguntar, formular prompts, detectar incoherencias en las respuestas y validar los outputs se convierte en una nueva forma de pericia jurídica. No hay edad para plantearse esto, porque no es una cuestión generacional, sino metodológica. La clave tecnológica no es usar la herramienta, sino entender sus límites.
Su advertencia fue igualmente clara respecto al riesgo: no es la máquina, el riesgo es humano. Sesgos, exceso de confianza y delegación acrítica. La IA produce resultados verosímiles, no necesariamente verdaderos, y el abogado sigue siendo responsable. Por eso insistió en la humildad profesional: verificar, contrastar y contextualizar. El profesional jurídico no puede abdicar de la decisión, solo apoyarse en un medio que amplía el acceso a una información antes inaccesible. Bien utilizada, abre oportunidades; mal utilizada, multiplica errores.
En ese punto emergió con naturalidad la perspectiva zoomer, no como discurso formal, sino como clima generacional. Para quienes han crecido con tecnología ubicua, la IA no representa una amenaza laboral ni un hito revolucionario, sino una herramienta más del entorno cognitivo. No compiten contra ella, trabajan con ella. Su aprendizaje no es secuencial, estudiar primero y aplicar después, sino simultáneo: explorar, probar, iterar. Mientras generaciones anteriores debaten si la IA debe usarse, en la generación Z discutimos cómo usarla mejor. El abogado zoomer no busca memorizar el Derecho, sino navegarlo con eficiencia crítica.
Esto introduce un cambio silencioso en la cultura jurídica. Tradicionalmente el prestigio se asociaba al volumen de conocimiento acumulado; ahora se desplaza hacia la capacidad de criterio frente a la abundancia informativa. La autoridad ya no deriva de saber más artículos, sino de saber decidir mejor entre múltiples alternativas generadas por sistemas inteligentes. La IA no rebaja la exigencia profesional: la eleva. Reduce el tiempo técnico y amplifica la responsabilidad intelectual.
El cierre dejó una conclusión compartida: la abogacía no pierde valor con la inteligencia artificial; pierde valor cuando actúa como si no existiera. El nuevo abogado no es menos jurista por apoyarse en tecnología, del mismo modo que no lo fue al abandonar los repertorios en papel. La diferencia es que ahora el cambio afecta al núcleo del razonamiento. Y ahí la generación zoomer parece moverse con ventaja: no intenta defender el pasado ni glorificar el futuro, simplemente integra la herramienta en su forma natural de pensar. La profesión, en consecuencia, no se automatiza; se redefine. Y el derecho, más que nunca, vuelve a depender del juicio humano.
Marcos Iglesias